Prólogo

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El refugio del cruel hechicero no se parecía en nada a las altas y oscuras torres, ocultas en recónditos parajes apartados, que popularmente se asocian a los practicantes de la magia más poderosa. Era una ostentosa villa rodeada de un cuidado jardín, a tiro de piedra de la plaza del mercado. Tan próxima que ningún habitante de la pequeña ciudad se acercaría a esas horas sin invocar algún salmo contra las maldiciones o sin encomendarse a algún espíritu protector.

Avanzamos en formación por el oscuro jardín, apenas iluminado por la rojiza luz que desde hacía una hora reflejaba Bahdearg, la más madrugadora y grande de las dos lunas. Faltaban aún un par de horas para que su pequeña hermana blanca sumara su luz y fuéramos más visibles, por lo que sólo debíamos preocuparnos de las amenazas mágicas. Aquella tarde mis compañeros se habían preparado a fondo, usando encantamientos y activando amuletos de protección. Yo me había asegurado de que mi espada y mi hacha estuvieran bien afiladas y que las placas de acero élfico de mi cota brigantina estuvieran bien cosidas al cuero exterior.

La cerradura de la puerta era simple y no supuso ningún problema para Bartar; igual que los hechizos de protección, anulados por uno de los amuletos de Shonah. Demasiado fácil, pensé. Ningún hechicero descuida tanto su morada, incluso teniendo atemorizados a los pueblerinos: nunca sabes cuando alguien se va a envalentonar. Dentro nos esperaba una sala atestada de mesas y estanterías, atiborradas de objetos arcanos y tomos de sortilegios. El resultado de una vida dedicada al estudio y al saqueo de otros magos menos poderosos, después de eliminarlos. Pero esto debían ser las piezas menos valiosas, las menos protegidas.

Miré a mis cinco compañeros de aventuras. Hacía algo más de tres años que me uní a ellos en la frontera entre la República de Gilarth y el reino de Thriska. Un simple pasquín en la pared de una taberna ofertando un empleo para aventureros con experiencia y ambición. Yo acababa de volver de las montañas, de escoltar una caravana comercial procedente del reino enano del Pico Nevado y me apetecía cambiar de aires. Y allí estaban ellos: un variopinto grupo en torno a Shonah, ansiosa por recuperar el condado de su padre en Sirap. Justo detrás, siempre vigilante, Blayn, el caballero de Gilarth «secretamente» enamorado de ella. Un poco a mi derecha, con el arco preparado, Coreen, amiga de infancia de Shonah. A su lado, Neitin, nuestra curandera y clériga, con su báculo resplandeciendo suavemente. Y, siempre camuflado entre las sombras, Bartar, el experto en acceder a los sitios donde los acaudalados esconden sus pertenencias.

Comenzábamos a acercarnos a la siguiente sala cuando una luz anaranjada nos iluminó y escuchamos las palabras de activación de un sortilegio de inmovilización: «Rego Corpus». El hechicero apareció por la puerta hacia la que nos dirigíamos y comenzó a pasearse entre mis compañeros, armados pero inmóviles como estatuas.

-Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? ¿Una banda de ladrones, hurgando entre mis posesiones? ¿O unos asesinos a sueldo enviados por algún enemigo? -comentaba, satisfecho de sí mismo, mientras sujetaba en su mano el orbe del que emanaba la luz naranja. – Tranquilos, no hace falta que me contestéis ahora. Vamos a tener el tiempo suficiente para que os arranque dolorosamente la información necesaria. -Se plantó delante de la arquera y empezó a usar la mano libre para lanzar otro encantamiento.

-Voy a meterme tan dentro de tu mente que no quedará nada cuando salga de ella. Intellego…

 El hechizo se congeló en sus labios a la par que un estallido de sangre salpicó la cota de malla de Coreen. La punta de mi espada era el epicentro de la mancha escarlata que se extendía por el pecho del brujo, mientras su vida se apagaba con la misma rapidez que se extinguía la luz del orbe.

-Mi nombre es Cailian y la magia no me afecta. Ya no causarás sufrimiento a nadie más- le susurré al oído. Extraje la espada y observé caer el cuerpo desmadejado. Era el momento de buscar el grimorio que Adara quería a cambio de ayudar a Shonah a recuperar el condado de su padre.

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